Valoramos adorar a Dios como un estilo de vida, en dónde se trasciende lo litúrgico, el lugar, o la música. Queremos amar a Dios y adorarlo con toda nuestra alma, mente y fuerzas y esto implica que anhelamos vivir una vida de adoración en la comunidad (desde lo litúrgico), en la intimidad con Dios (en nuestro hogar, o lugar secreto) y en nuestra forma práctica de vivir, cuando nuestras obras y la forma en que nos relacionamos con los demás se orientan para agradar a nuestro Padre Eterno.
